domingo, 22 de julio de 2012

Sueño: EL Hombre de tiempos remotos

Recuerdo que me hallaba en un nirvana: si bien no había vuelto completamente del otro mundo (el de los sueños) tenia la conciencia de que era un ser humano y hace un rato me había acostado a dormir. Aun así no quise abrir los ojos, se sentía bien así… de pronto aquel paraíso calmo se corta con una densa electricidad que venia del mundo de afuera: algo se estaba manifestando. Abro los ojos y miro hacia la ventana, donde estaba el movimiento: las estrellas se desplazaban rápidamente hacia abajo en una lluvia desenfrenada, como si todo el planeta tierra fuese un meteoro. Desfilaban galaxias y nebulosas que apenas divisaba de lo fugaces que eran. Sentí pánico y perdí la calma. Busqué el espejo para cerciorarme de lo que estaba viendo: sucedía lo mismo. Todo mi cuerpo enfrió y en mi cabeza mil alfileres querían salir: tenia miedo. Busco el cable de la luz y mientras voy palpándolo para encontrar el interruptor siento una presencia: parado frente a mi veo una figura, un espectro, de apariencia humana pero sin rostro, que sin dejar de mirarme (aunque no tuviese ojos) me ofrecía algo con su mano extendida: un control remoto. Hago CLICK con el interruptor y todo desaparece: el cuarto se encontraba ahora quieto. Vi las paredes y el piso, las ventanas se veían tontas con sus cortinas y el sonido de la bombita de luz me daba esa calma muerta del mundo eléctrico y frío; ese mundo y esa calma que nos dan los objetos justo en el momento en que aquello nos quiere decir algo. Todo era inmóvil ahora, como un teatro cuando no hay función, como cuando iluminas con una linterna en medio de la selva espesa y divisas los ojos anaranjados de un animal que huye. Mi miedo llego a generarme un abanico de tranquilidades absurdas: como pensar que la realidad de la bombita era la real y no la del sueño. Al igual que cuando era niña y mi madre me decía: “no existen, no existen” y yo sabia que sí y que estaban ahí, pero vencida por el miedo corría a su cama a refugiarme bajo las sabanas.
Llené entonces mis ojos con cosas vacías y muertas como si pudiese salvarme de algo inexplicable.
Di un último vistazo al cielo, como un pescador que mira en el horizonte el punto hacia donde se va a dirigir. Apago la luz y experimento una instantánea ceguera. Y en esa mínima fracción de obscurecimiento la selva se despierta, los tambores resuenan, los pájaros giran en círculos fosforescentes, las bestias encuentran su cifra binaria y en el espejo las estrellas que caen aun están allí y aquel hombre aún me ofrece el remoto.










(estoy creciendo muy rapido)